La ridícula gesta de Rudolf Hess
- Yoel Solà

- 6 ene
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La Historia está plagada de episodios ridículos y rocambolescos y la historia de la Segunda Guerra Mundial no iba a ser menos.
Es la tarde del 10 de mayo de 1941 y Rudolf Hess, perrito faldero del Führer y lumbresas diplomado del Reich de los Mil Años está a punto de protagonizar uno de los ridículos más desconcertantes que se recuerdan en la Vieja Europa. El lugarteniente y ministro sin cartera de Hitler, el encargado de supervisar su agenda y gabinete, el hombre que proponía leyes y medidas decide (porque todo lo anterior no le he era suficiente) marchar al aeródromo de Augsburgo y pedir que le llenen de combustible y le acicalen hasta las tuercas un Messerschmitt Bf 110. Había llegado su gran momento y ni él ni Alemania se merecían esperar más.
Sin experiencia de combate aéreo pero siendo buen piloto, Hess despega, bordea la costa de los Países Bajos, se adentra en el Mar del Norte y hace girar su aparato hacia la boca del lobo, es decir, hacia Gran Bretaña.
No corrían buenos tiempos para las relaciones entre el Reich Alemán y el Reino Unido. Hitler, tan apaciguador como un halcón en un nido de polluelos, todavía soñaba y aspiraba a conseguir una alianza con Churchill. Pero el premier británico, valedor de la máxima “al pintor austríaco ni un vaso de agua”, rehuía cualquier parlamento con la cancillería del Reich. La herida de Dunkerque todavía sangraba, la RAF aún lloraba a sus hijos caídos en la Batalla de Inglaterra, y Churchill, león viejo, pero líder de la manada, no iba ceder tan fácilmente. Con todas estas historias de batallas y alianzas entre anglosajones y germanos (¿no eran después de todo dos pueblos hermanos con un pasado histórico y hasta mitológico en común?) viaja Rudolf Hess en la cabina.
Bien entrada la noche atraviesa el espacio aéreo británico y el indicador del combustible le señala que va siendo hora de acabar el paseo. El Stellvertreter des Führers, o lugarteniente del Führer, consulta sus mapas. Se dirige al castillo de Duganvel, en Escocia, pero entre que es de noche y todos los gatos son pardos, y que lleva ya unas buenas horas de vuelo sin estar acostumbrado su cuerpo de alto funcionario a tanto trajín, el lacayo favorito de Hitler no da con la bonita propiedad escocesa y con su pista de aterrizaje. El combustible se agota y a nuestro hombre, veterano de la Primera Guerra Mundial donde saboreó la metralla de Verdún entre otras lindezas, no le tiembla el pulso; abre la carlinga de su aparato y salta al vacío con la mano asida a la anilla del paracaídas. El espía en misión secreta menos glamuroso de la historia de los espías aterriza suavemente en Eaglesham, cerca de Glasgow, donde un campesino que no se cree lo que acaba de ver se le acerca ojiplático.
—Soy el capitán alemán Alfred Horn— suelta Hess sintiéndose un héroe de acción—. Necesito que me lleve ante el duque de Hamilton.
El campesino se llama David Maclean y es un hombre sencillo no muy acostumbrado a ver capitanes alemanes llover cerca de sus tierras. El labriego tuerce el gesto pero lo conduce a su casa, le ofrece algo de comer para que el misterioso paracaidista no desfallezca y a continuación, lo lleva ante las autoridades del cercano cuartel de Busby. A él que no lo mezclen en estas cosas de las altas esferas.
Es ya de madrugada y a nuestro antihéroe lo pasean por distintos cuarteles y bases. Los militares alucinan con el personaje. El capitán alemán, alias Alfred Horn, también conocido como Rudolf Hess, colega de dictadura del pequeño cabo que ha decidido tomar por la fuerza media Europa, les cuenta la misma historia que al bueno de David Maclean.
—Necesito hablar con el duque de Hamilton.
Sus captores se miran entre ellos. Este tiene que ser un pez gordo, piensan.
Se hacen llamadas, se esperan órdenes y para sorpresa de todos aparece el dichoso duque. Por azares de la guerra (o no) era comandante de un aérodromo cercano.
—Conocí a este tío en las Olimpiadas de Berlín, pero nada más. No tengo ninguna relación con él ni mucho menos es mi invitado— declara el duque de Hamilton con su señorial tono de duque.
¿Y ahora qué? Hess frunce su poblado entrecejo. Esto no va a salir bien, piensa mientras lo arrestan definitivamente.
Primero lo hospedan en la Torre de Londres. Excelente ubicación y grandes vistas pero pésimo servicio. De allí los británicos lo sacan al poco y lo pasean por distintas prisiones en las que lo interrogan sin hacerle mucha sangre pero tratando por todos los medios de suelte por esa boquita de eunuco nacionalsocialista todo lo que sabe. ¿En qué momento y por qué razón se le ocurrió a Rudolf Hess la idea de volar en secreto hasta la grandísima Gran Bretaña? Se pregunta Churchill y todo el MI6. Hess cuenta que su Führer lo envió en misión secreta para parlamentar con los británicos a través de su colega el duque de Hamilton, duque que se borró del partido nada más ver el agotado rostro de Hess el día de su triunfal aterrizaje. ¿Y qué dijo Hitler de todo esto? Dicen las malas lenguas que el cabreo que se pilló se escuchó hasta en su bucólico pueblo natal austríaco. Este tío está loco, fue lo mínimo que salió por la boca del Führer cuando le contaron que su mano derecha había pillado un bonito avión y por propia iniciativa se había lanzado a los brazos de las autoridades británicas diciendo ser emisario de no sé qué alianza de no sé qué paz. Trastornado, problemas mentales. Hasta llegaron a decir que una antigua herida de guerra le había provocado un trastorno mental. Ay, Hess, con amigos así no te hizo falta británicos.
Por qué se jugó Rudolf Hess el pellejo y la vergüenza sigue siendo una de las incógnitas de la Segunda Guerra Mundial. ¿Fue una misión planeada en solitario? ¿Fue un plan cocinado en la Cancillería en el que decidieron vender barata la piel de Hess cuando se confirmó el fracaso? ¿Estaba en el ajo el duque de Hamilton pero no lo vio claro y salió de escena en cuanto pudo? Incluso existe una tercera vía. ¿Fue una trampa de los británicos? ¿Sedujeron estos el ego de Hess haciéndole creer que su reunión secreta con el duque lo convertiría en un puente entre los dos países que les ahorraría miles o millones de vidas a ambos bandos? Nunca lo sabremos. Lo cierto y verdad es que Churchill se mantuvo firme durante toda la guerra ante los engañosos tratos de Hitler, y que Rudolf Hess pasó el resto de la contienda entre rejas. Un encierro que no fue fácil para Hess ni para sus captores pues las ideas grandilocuentes, las peticiones de reunión con altos cargos, y las paranoias fueron la constante del jerarca, siempre dispuesto a negociar un acuerdo de paz en nombre de Alemania, y de paso a sacar de quicio a sus guardianes con tanta fantasía.
Acabada la guerra lo condenaron a cadena perpetua en los Juicios de Núrenberg, donde tuvo la oportunidad de saludar a algunos de sus antiguos camaradas.
Se suicidó en 1987 en la cárcel de Spandau, en Berlín, colgándose con el cable de una lámpara.
Tenía 93 años y ya era hora de dejar de hacer el ridículo.

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